«La vida es aquello que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes», dijo John Lennon, pero lo podría haber dicho cualquier personaje de la obra Farra. Saben que hay mucho que celebrar. ¿Y qué se celebra? Pues… nada y… todo. Tempus fugit, gente bella. Carpe diem, querido público. O hablando en cristiano, el tiempo vuela y hay que aprovechar cada segundo. Pero mejor que te lo cuenten algunas bestias pardas de la palabra como Miguel de Cervantes, María de Zayas o Francisco de Quevedo.

En Farra María Díaz, Lucas Escobedo y Raquel Molano nos trasladan a esa efervescencia de las letras del Siglo de Oro. Olvídate de memorizar nombres y obras completas como un loro en el colegio. Nadie, y esto es un hecho científicamente probado, ha contado la época más fértil de la literatura patria con tanta gracia y salero: música, teatro, humor, danza y circo, un homenaje lúdico que se ha metido al público en el bolsillo y ha ganado el premio a Mejor espectáculo musical en los Premios Max 2025.
Luchas de espadas, versos y chistes, risas y malabares, confluyen en los carnavales del Madrid de 1568 o de 1668. En la farra barroca todo tiene cabida, incluso aguantar la respiración en un duelo con los filos del acero clin clin clin o unas pelotas de malabares que se multiplican en el aire. Es una obra hecha para gozarse en dos tiempos: uno, reposando el culo en la butaca del teatro de tu ciudad o de tu pueblo, o incluso de tu cole; dos, reservando un espacio para una lectura reposada postespectáculo.

En Reikiavik Ediciones apostamos por un género que no suele ocupar los mejores sitios en los escaparates de las librerías. Sin embargo, el teatro primero se escribe, y después se representa. Y cuando lo que se plasma en el papel está cuidado, merece la pena leerlo, como cualquier novela o ensayo al uso. Además, suelen ser lecturas muy visuales, ágiles, llenas de diálogos chispeantes y movimiento escénico, pues están pensadas para cobrar vida encima de las tablas. Imposible aburrirse.

En Farra reconocemos ese buen hacer con la palabra y una valentía, porque meterse con los clásicos es harina de otro costal. Te arriesgas a una estocada por la espalda en un callejón oscuro (algún fan despechado o peor, un crítico ofendido) o quizá a que algunas mentes acostumbradas a lo de siempre no entiendan esta sacudida moderna a sus autores favoritos.
Sin embargo, lo que hay es un cariño inmenso por estos iconos y ganas de romper con una transmisión educativa demasiado mecánica. Esa constelación de literatos y literatas (que también ellas escribían, no lo olvidemos) era todo lo contrario, una fiesta de la imaginación a través del lenguaje. Y ese reconocimiento bien merece una farra. Quizá Quevedo, Cervantes y Zayas, estarán viendo la obra desde otra dimensión, brindando y sonriendo, y quizá diciendo: «¡¡Por fin alguien nos entiende, qué alegría. Salud!!».


